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Un mensaje a Europa

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Necesitaba el Barça algo así: un partido completo, en un escenario de primer nivel y ante un equipo que aspira a estar entre los mejores de la Champions. El último viaje europeo del Barça fue tan amargo –el 2-8 aún pesa- que conquistar Turín era una obligación. Había que enviar un mensaje a Europa y el Barça lo hizo: es un equipo dispuesto a competir contra los mejores. Lo demostró contra la Juventus.

No tuvo nada que ver con la Sábana Santa custodiada en una capilla de la ciudad, pero el Barça vivió en Turín una especie de resurrección. Se recuperó el equipo después de dos derrotas consecutivas y del lío institucional que rodea al club. También se recuperaron jugadores que llegaban alicaídos, tocados o bajo sospecha: el gol de Dembélé, el buen partido de Griezmann, la versatilidad de De Jong.

También se incorporó a la dinámica del equipo un jugador acostumbrado a vivir en la irregularidad: Ousmane Dembélé abrió el marcador con un extraordinario disparo de media distancia (el balón besó la red tras rebotar en la pierna de Chiesa), ofreció detalles muy interesantes y sobre todo, dio la sensación de que está en condiciones de subirse al carro de Koeman con todas las consecuencias.

A su compatriota Griezmann solo le faltó el gol, pero su partido admite pocos reproches. Sacrificado y solidario, tuvo dos ocasiones extraordinarias para estrenarse como goleador esta temporada, pero le faltaron milímetros. “No se puede hacer mejor”, le elogió Koeman, empeñado en rescatar a Griezmann del anonimato en el que parece vivir en este arranque de curso.

Solo la lesión de Ronald Araujo, que se retiró al descanso con unas molestias, amenazó con empañar el partido. Pero De Jong se recicló para jugar la segunda parte en el centro de la defensa y cumplió a la perfección.

Aprobó Pjanic, que alternó un par de balones perdidos con detalles de jugador de primer nivel. Tiene el partido en la cabeza, elige bien y aporta un ritmo de circulación de balón que es puro oxígeno. Será un jugador importante.

Y por supuesto, Messi, que gobernó el partido con jerarquía y autoridad. Sentenció al final, con un gol de penalti, y durante los 90 minutos se movió por la zona de la media punta con fluidez, convertido otra vez en el motor del equipo.

Ronald Koeman salió eufórico del campo de la Juventus: nada que ver con lo que había sucedido en el clásico. El entrenador también esperó desde el banquillo después del partido, pero no para protestar al árbitro (el VAR funcionó sin problemas, para desgracia de Morata, que marcó tres goles posteriormente anulados) sino para saludar a los rivales y felicitar a sus jugadores. No era para menos.

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